domingo, 8 de mayo de 2011
¿Quién soy yo?
Cuando bajé del tren aquel día de primavera de 1986, y salía de la entonces todavía existente Estación de Cádiz en búsqueda de mi amigo, me topé con la primera procesión de Semana Santa en Sevilla. Entonces tenía veintiún años, una maleta que pesaba como el diábolo y todavía no identificaba el olor a azahar de los naranjos de fruta amarga tan presentes en la ciudad.
Aquello fue un principio al dejar atrás los veinte meses interminables de trabajo forzado, como objetor de conciencia, en el mundo aséptico del hospital Agnes-Karl-Krankenhaus. El sitio estaba en un suburbio gris de un Hannover lluvioso. Lo importante era que entonces todavía no me sentía apagado después de trece años agónicos y odiados entre aulas de escuelas e institutos primarios y secundarios de provincia en constante lucha contra el absentismo escolar malamente tapado por las estadísticas oficiales.
Aquella virgen sevillana petrificada y venerada por una muchedumbre aparentemente fanática pero, en realidad, constituida por simpáticos bebedores de vino y cervezas, tampoco pudo arrancar mi escepticismo inculcado por la educación en el seno de una familia de clase media, católico-atea y tradición intelectual.
Siguiendo tal tradición familiar, me volqué en el aprendizaje del español con todas mis fuerzas y apenas dinero. Esto incluía clases teóricas desde las 9.00 horas de la mañana hasta las 13.30 horas del mediodía de lunes a viernes en una academia privada situada en una casa del casco antiguo. Luego seguía con ejercicios prácticos que se prolongaban por la tarde hasta más allá de las dos o tres de la madrugada en las innumerables tabernas escondidas dentro del laberinto del Minotauro sevillano. Tiempos pobres y felices en una ciudad bruja.
Aquello no fue el final, sino solo el principio para matricularme después en la facultad de económicas y emprender el viaje por el plan de estudios llamado “antiguo”. Un plan todavía lleno de inspiración franquista como si fuese una condena que me llevaría, años después, a mi primera licenciatura.
Volver a empezar: llegué a las orillas del mediterráneo por culpa de la necesidad de trabajar. Eran tiempos de dinero fácil a golpe de pelotazos inmobiliarios empujados por los lugareños y extranjeros que se abalanzaron sobre las playas preciosas y veraniegas con toda la vanidad consentida.
Luego decidí que aquello tampoco sería ningún final, sino otro principio, para meterme en la carrera de derecho (ya con el plan “nuevo”). Intenté abrirme horizontes más allá del arroz a banda, gambas rojas de Denia, lubina a la sal y paella “senyorét”.
Como no podía ser de otra forma, más tarde decidí que solo me quedaba la opción de volver a comenzar. Esta vez, sin plan de estudios reglado, intentar, a pesar de la edad que avanza, retomar lo que me había llevado a viajar aquella primavera a Sevilla y que fue un sueño adolescente perdido durante tantos años. Desde que empujé aquella maleta que pesaba como el diábolo, y de la cual nunca me pude deshacer del todo, resulta que estoy aquí y ahora siguiendo un viejo guión secreto para aprender a ser creativo ¡una puta vez por todas!
Sobre paradojas
“Dios mío dame paciencia,¡¡ Pero dámela YA!!”
Que puede ser también biológica:
“Soy virgen, lo juro por mis hijos.”
Cuando la lógica se contradice a sí misma:
“La verdad absoluta no existe y esto es absolutamente cierto.”
Puede ser una afirmación absurda:
“No existen frases de seis palabras.”
Que pude ser inconsciente:
“La confusión esta clarísima.”
O, cuando la naturaleza observada destruye un ideal:
“El amor eterno dura aproximadamente 3 meses.”
La paradoja puede ser una expresión irónica:
“Yo soy la clase de personas con las que mi padre no quiere que me junte.”
O, hasta sarcástica:
“Los honestos son inadaptados sociales.”
Puede desvelar hipocresía:
“Me revienta que hablen cuando interrumpo.”
O, puede ser hipócrita en sí:
“¡Lo importante no es ganar, sino hacer perder al otro!”
Puede revelar deficiencias personales:
“Hay tres tipos de personas: los que saben contar y los que no.”
También puede expresar una sincera autoconciencia:
“No soy un completo inútil. Por lo menos sirvo de mal ejemplo.”
Se puede utilizar para justificar conductas deficientes:
“La pereza es la madre de todos los vicios y como madre hay que respetarla.”
O para jugar con las palabras:
“Los notarios no creen en las sagradas escrituras.”
Por fin, también puede ser simplemente una tontería:
“Voy a escribir algo profundo... Subsuelo.”
La paradoja es siempre un juego de doble sentido, parecida a la ironía o al sarcasmo, pero con un contrasentido lógico implícito que puede ser más o menos obvio.
En el último ejemplo, la palabra “profundo” parece aludir a algo filosófico cuando, luego, se refiere a profundidad de un lugar físico que, a su vez, da la impresión de superficialidad lo cual es falso. No se puede afirmar que la frase carezca de sentido, pero lo parece de forma obvia. La paradoja se crea en la mente del lector; juega con los tópicos y lugares comunes, confunde las percepciones normales y nos obliga a afrontar lo incierto.
Mi definición personal es:
La paradoja es la verdad sobre una afirmación de una verdad que deja de ser verdad (cualquiera de ellas).
Saludos