martes, 23 de marzo de 2010

Hugo entró en el despacho con pasos precipitados, farfullando una palabrota, y descolgó a mitad de un nuevo timbrazo. "Sí, diga", dijo mientras el auricular viajaba todavía hacia su oreja.
―Pero,... ¿Qué?… ¿Ha quebrado la compañía de seguros?... ¡Me cago en la puta!... ¿Mañana van a declarar la quiebra?… ¿Qué les pasa a estos maricones?... ¿Serán retrasados mentales?…¿Perderé mi póliza de vida y todas las aportaciones hechas? ¡Cabrones! ¿Pero, qué les pasa? ¿Se han cagado en el cerebro? ¡Los hijos de la mala puta! …
Los empleados en la oficina agachamos nuestras cabezas. Hugo era un pez gordo. El más importante de los inversores de Chicago. Los que trabajamos hace tiempo para él lo sabíamos. Era una persona enérgica, sin escrúpulos y colérica. Justo lo que hace falta para triunfar en América; en las inversiones financieras. Conocíamos bien los ataques de ira de nuestro jefe cuando algo no iba tal y como él quería. Su crueldad era mítica y la mayoría de los nuevos trabajadores no aguantaban más de unas semanas o incluso días. O bien, se iban indignados ellos mismos, o bien, Hugo se encargaba de echarlos con una sádica satisfacción casi tirándolos por la escalera desde la planta quince del viejo rascacielos del distrito financiero donde tenía sus oficinas. Pocos aguantamos trabajar bajo la tiranía de los resultados que imponía. Esto sí, pagaba bien, muy bien cuando todo iba según sus gustos, y esto era una buena razón de aguantar los rituales diarios de humillación y desprecio. En el fondo le adoramos por su eficacia. Él sabía ser consecuente para alcanzar las metas. “Los resultados cuentan, solo los resultados, y vosotros, maricones, (siempre nos llamó maricones a los empleados) o servís, o sois una puta mierda. ¿Lo habéis entendido? Ésto es América y no mariconilandia”. Hugo había salido de la nada y lo había conseguido todo.
― ¡Gilipollas! ¡Tontos de culo! ¡Cerdos! ¡Ya se enterrarán lo que es bueno! ¡Acabaré con ellos! ¡Se lo han ganado a pulso! ¡Necios! ¡Lerdos, son una pandilla de lerdos! ¡Los muy cretinos! ¡Asnos desgraciados! ¡Cabrones de mala muerte! ―Gritó en el auricular. Colgó el teléfono con tanta vehemencia que se cayó ruidosamente de la mesa. Hacia gestos de negación violenta con su cabeza roja como un tomate que parecía explotar en cualquier momento.
―¡No, no, no! ―repetía constantemente― ¡Os vais a enterar! Conmigo no se hacen estas cosas. ¡Cobraré esta póliza!
Corrió por toda la oficina a la ventana ,la abrió y, sin esperar, se tiró abajo.
Nos quedamos mudos. Sentí admiración. Hugo era grande, muy grande. Sabía cumplir con sus objetivos.
Microrelato publicado el día 25 de octubre de 2009 en el Blog de Radio 3 "el postre" en la categoría "postrelsto" que resultó ser elegido ganador del postrelato de la semana. ¡Gracias al equipo de Radio 3!

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