viernes, 30 de abril de 2010

Siempre estuvo allí. En realidad, nunca se atrevió a mirar su propia imagen reflejada en el espejo del comedor que estaba colgado sobre el aparador. Pero él sentía que siempre estuvo allí. Los viejos muebles de caoba en la casa pesaban más por los siglos de pensamiento conservador acumulado por las generaciones de la familia, que por la atracción terrenal. Le infundían una sensación de culpa desde pequeño que le hacía imposible levantar los ojos.
La sopa se tomaba después del la bendición de la mesa y se comía sin hablar, y por supuesto el plato entero para no obtener el destino de arder eternamente en los infiernos divinos declarados por la educadora de vestidos grises y gafas de pasta gorda. Destinos confirmados después en la misa dominical.
Tiempos de miedo y curiosidad prohibida cuando creció. Los ruidos de la calle concurrida durante los veranos entraban por los ventanales tapados por persianas de madera que filtraban la luz cuyos rayos se iban desplazando lentamente por el suelo de parqué a lo largo de las tardes. Curiosidad prohibida por la vida de allí fuera, de la ciudad que latía con fuerza y en constante transformación. No como en la vieja casa regentada por su madre, con su mirada postrada y vestida de riguroso negro; de misa diaria para rezar por el alma del difunto marido y padre que él había conocido solamente de muy pequeño.
Mientras el mundo daba vueltas y más vueltas, él pasaba su juventud sentado durante horas y más horas delante del escritorio del salón para aprender lecciones en clases particulares de preparación al seminario dadas por el cura del la parroquia. El destino elegido por su madre: Hacerse sacerdote cumplidor con el deber del buen nombre y apellidos de la casa. Entonces no se atrevió a contradecir.
Más tarde ya se atrevió a contradecir. Por culpa o gracias a la falta de medios de la familia venida a menos salió para estudiar finalmente económicas en la capital lejana subsidiado por becas estatales. La vida alegre de la ciudad le absorbió con rapidez. Se sentía libre y se olvidó de los años de adolescencia insoportables. Se buscó un trabajo, una mujer, un coche, niños y, poco a poco, unos kilos demás en la barriga. Ella nunca le perdonó. Ya no tenía contacto con ella.
Después de muchos años, convocado por el albacea para repartir la herencia de la madre fallecida, volvió a la vieja casa con sus muebles de caoba oscura. Al entrar en el comedor lo sintió otra vez. De repente recordó algo de su muy joven infancia. Esta vez alzó la mirada: Su reflejo en el espejo, ya medio ciego, tenía los ojos de su padre que le miraba triste desde el otro lado.
Siempre estuvo allí.
Postrelato enviado al Blog de "El postre" de Radio 3 el día 19 de marzo de 2009 (resultó mi primer postrelato ganador de la semana, o sea, el principio de la perdición...)

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